Piedra, hierro, siempre

Con paso triste, siempre de paso. Perfil de un otoño fósil en los ojos. Soldados de plomo. Veteranos de las calles del viejo Logroño. Viejas piezas oxidadas soldadas al trabajo, a vaso tras vaso de vino barato y malo, a la metralla amarga enquistada en el estómago, a la vacuidad y sencillez de estrujar y dejar caer cada día dos cajetillas de tabaco. Hombres comunes y extraños, sacos de paradojas: -en la cuerda floja- caminando sobre el abismo de la exclusión social, pero llevando puesto el disfraz de la mascota del barrio. Incapaces, aturdidos, campan a sus anchas por sus angustias, y hace ya mucho tiempo que engulleron de un trago el contenido del vaso medio vacío. Les suena a chino lo poco que conocen, y lo poco que conocen lo conocen demasiado. El barrio, la gente, el matrimonio, los hijos… la pelusa del ombligo.

Felicidad y facilidad en televisión, pero en las calles historias de miedo. Libertad de elección entre ficción o depresión, doble filo de un cuchillo metido en el cráneo de aquello que hace un tiempo era “pueblo”.

Menos “eñes” y menos hostias, esta ciudad en verdad debería llamarse Logroformo. ¿El lugar ideal para que crezca un niño? yo tampoco sé, Puskas, de dónde sacan esas mierdas. Ellas, ellos, naufragio universal, lenta deriva que no se priva de nada sin sentido. Habitan un lugar levantado junto a un río, Ebro, que lleva cinco décadas podrido. Algunos son buenos tipos, algunos malos. Todos sin colmillos. Lobos solitarios. Adictos al hábito no saben preguntarse por qué el camino a esta emboscada estaba tan bien señalado. Nostálgicos de un pasado traidor. En el setenta y cinco el abuelito asesino murió, y tras un plis plas de varita y chistera, bluf de humo, mangas remangadas, niaraná… nada había pasado, pero todo había cambiado. Anunciaba el progreso el reestreno de lo viejuno. Incordiaban cuatro estúpidos inoportunos… “¿obreros y burgueses casi en el siglo XXI?”. Todos televidentes, evidentemente todo bien. Todo tan bien, tan heroico y demócrata… “libertad” con mayúsculas y sin interrogantes, ni lo importante importaba ya. En la cacareada arcadia de sota, caballo y rey donde extramuros el rey era el caballo. Napalm en vena para una juventud rebelde sin causa, sin una sola causa de su lado. El dinero, el sueño euro-americano ocupaban el escaño del dios cristiano. Lo indicado como normal imperaba con descaro, y el daño del engaño se haría intangible con los años, hasta hoy. Pobres con algo de dinero. Trapecistas en avenidas de clavos ardiendo, de horizontes colapsados por hitos publicitarios y por el inmóvil desfile de sus bloques de viviendas. Hacinados pero aislados, destilados. Frías sus manos ante el carbón de una tristeza inconfesable (indescifrable), extraño tesoro, tripas anudadas fermentando odio. Soldados de plomo, habitantes del Logroño. Cementerio de sueños lleno de bares. Respiran por nada, por que la vida pase. Y pasa entre migajas y cristal de duralex. Desayuno sin diamantes, a las nada y media, bajo la sucia luz de un tubo florescente. Puerta, escalera, puerta, calle, cigarro, mirada errante que barre la acera. Sin novedad ni frente, en este belén viviente todo es de siempre, de hierro y piedra. Piedra, hierro, siempre. Como los dos jodidos puentes.

Felicidad y facilidad en televisión, pero en las calles historias de miedo. Libertad de elección entre ficción o depresión, doble filo de un cuchillo metido en el cráneo de aquello que hace un tiempo era “pueblo”.

Felicidad y facilidad en televisión, pero en las calles historias de miedo.

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