La Rioja 1936

Gritos de “Viva Cristo Rey” y “Arriba España”, ruidos de motor de un convoy de coches y camionetas, aclamaban y parían una grieta negra que se abría, tras ellos, por la carretera… Grieta abierta, herida hecha profunda a conciencia con idea de que no pudiera cerrar, con idea de partir en dos las plazas de los pueblos y ciudades de esta tierra. Eran días de verano, de hace no tantos años, en los que nadie esperaba que aquello que contaba la radio, lo de aquel golpe militar lejano, se iba a hacer real viendo llegar al lugar a hombres armados de pueblos cercanos con ojos en sangre, gesto amenazante y una lista aun vacía pero sedienta de nombres en sus manos. Se confirmaba la guerra sin frentes ni soldados ni batallas. La vida se congelaba. Pero esa brusca toma del poder en estas plazas iba a ser algo más que afianzar una retaguardia. Con placer empezaron a hacer la tarea que les había sido al detalle encomendada. Marcaron a fuego una raya en el suelo que iba a separar a los “malos” de los “buenos”. Calle por calle, casa por casa, cada persona iba a ser escrutada. La vecindad se axfisiaba bajo un telón de histeria, y de divina providencia. Desde los púlpitos de las iglesias se lanzaban llamaradas, llamadas a las llamas, proclamas masticadas… “elegid, elegid al diablo o a España”. Cobardía llamada valentía, delatar, disparar por la Santa Cruzada salvadora de la patria, vomitando nombres, llenando una lista funesta con hombres, mujeres, vecinos que no iban a misa, que las gracias al rico del pueblo no reían, que decían “de esas cosas que no sé qué decían”, …o que leían.

El terror estalló de la nada. Se apagaban los colores de la tierra y de la atmósfera. Comenzaban “las sacas”, la liturgia de los disparos de madrugada. Rompían vidas y anegaban décadas tipos “hechos y derechos” sacando pecho con la chulesca dejadez de quien da al amanecer cuerpos muertos tirados en las cunetas. Era tan fácil morir. Era tan fácil matar. Es tán difícil comprender la oscuridad y la mecánica del miedo derramadas aquellos día hechos noches por amaneceres negros. No, aquí no hubo guerra, sólo grupos de civiles matando a civiles desarmados, a hermanos de pupitre, de baile y de frontón que perdían sus mirada y su voz ante la asunción de un enemigo abstracto. Escuadras de la muerte recogían la carga nocturna con la gente nombrada por la “chusma” de bien, dando pie a un método tan efectivo que sólo de pensarlo dan escalofríos: “yo no le disparé, sólo dije su nombre”, “yo ni sabía su nombre, sólo le disparé”. Reparto de tareas sencillo. Maquinaria perfecta para hacer un genocidio…

Las listas se acababan pero había que ampliarlas. La espiral de masacre aceleraba con velocidad. Era cosa ya de sed de sangre, posición, diversión y alarde. Se anulaba el indivuduo, todo entregado al grupo que era dueño de la noche y de un poder absoluto. Así cargada de alcohol, testoesterona y pólvora, rugía y mataba la bestia exterminadora. Eran meses de terror generalizado, inesperado, pero que muy poco tuvo de espontáneo: fue una masacre civil planificada por altos mando militares y sacralizada por altos mandos eclesiásticos. Y no mataban al azar, sino a quienes cuestionaran las relaciones impuestas de trabajo y propiedad, exponiendo sus vejados cadáveres como señales de por dónde no se podía pasar. Amaneceres atrapados por viejas manos, protegiendo privilegios feudales, abandonando en el campo cadáveres como señales de por dónde no se podía pensar.

Y las familias y las viudas señaladas como escoria, sentenciadas a vivir una amenaza eterna. Tortura, ricino, rapadas sus cabezas, expropiados sus dineros y sus tierras. Les robaron hasta el duelo, sin derecho ni a vestir de negro, ni al susurro al oído de los huesos, condenadas a ahogar en el veneno del miedo cada recuerdo. Cada recuerdo.

Sobre fosas de muertos y silencio de viudas se levantó el nuevo estado como un colosal estigma. Y de aquellas lluvias amargas estos lodos. Bajo estos lodos, ellxs y nosotrxs. La bestia fascista imperó en estas tierras, y heridas de muerte no pueden cerrar. Ya es historia que está en el viento y en los libros, y a la mierda con quien diga que lo tenemos que olvidar, que no lo vamos a olvidar. No lo vamos a olvidar. No les vamos a olvidar.

Bibliografía (no son, para nada, las únicas publicaciones sobre el tema):

“Aquí nunca pasó nada”, de Jesús Vicente Aguirre.

“Lejos del frente”, de Carlos Gil Andrés.

“Desterrados por el franquismo”, de Bernabé Sáez Santacruz.

“Las Sacas”, de Patricio Escobal.

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