Germinan

Días malos. Días pasados. Días pasados muy lejos abrazado a los escombros de mis ruinas. Heridas superficiales como siempre haciendo sangre. Dolor, desgana, desgaste. Acabar amando el tacto del fondo tocado no era un buen plan, pero era fácil. Mi agilidad vital rendida a la deriva de la oscuridad, donde oran al Corán del qué dirán, donde madres fascistas dicen a sus hijas que busquen a un hombre con proyecto de vida. Quieren decir “busca dinero y estatus, degrádate, prostitúyete, asume que sólo eres una mujer y que tu meta está en arrodillarte”…

Pero una noche en el tejado de un viejo edificio, AKA otra escama más sobre la piel de aquel inacabable hormiguero mexicano, yo tuve la suerte de respirar el aire puro del punk y la amistad, de apreciar las estrellas en mitad de una gran ciudad y de ser correspondido por miradas que, aun adaptadas a la vida en las cloacas, eran descaradas por su brillo. Llegaba a mí una botella con mensaje. Vivir lo que escribí en un fanzine seis años antes. Un signo en el lenguaje de uno mismo. Un guiño en el viento, casual pero inyectado de cariño. Vino volando sobre los páramos del pasado, por encima de la neblina del tiempo perdido, desde los montes de los momentos lejanos y me trajo el recuerdo de un tiempo en el que las cosas llegaron a tener un poco de sentido.

En la mañana amanecían las paredes de mis entrañas con pintadas aun frescas que gritando preguntaban que por qué, maldita sea, he de rendir cuentas a una sociedad que me revienta, que me impone vivir como un mero matiz del débil reflejo que la muy jodida quiere dar de mí, lanzándome parámetros cruzados: consumo y trabajo; estado mercado; virtud pecado; premio castigo; normal o raro; que soy sólo o su éxito o mi fracaso…

Antes de nacer yo ya era un perdedor. Lo tengo claro con lo encontrado a mi alrededor: educación competitiva y general admiración por aquel que da cera al significado de “cabrón”. Subir es la meta y que le peten al planeta. Trepar por una cuerda sin importar una mierda que animales, pueblos y ecosistemas agonicen ahorcados en el cabo del otro lado de la polea.

Llueven pétalos de flores de plástico sobre el reguero de miseria y uranio de esta época. No voy a fingir que todo eso no me afecta ni voy a parar de dudar de una realidad a la que día tras día le salen grietas. Confundo esperanza con hipotecas. Dependencia de un futuro que no existe pero apesta. No puedo pensar con la clorada claridad del laberinto de espejos de una mente ciega. Tengo mi amor y mis principios, por ellos mi rumbo. El resto es un mundo que se asoma al precipicio. El resto es humo, que no deja ver un bosque atenazado por incendios y por máquinas.

Confusión hasta en la conclusión. En fin, no elegí pero aquí nací y no por ello voy a hacerme el harakiri, ni a echar bailis a mi bilis, ni a sentir honor, ni a pintar un arcoiris por tener en mi interior aprendida una lección tomo a tomo dictada. Soy hijo mestizo del animal que puede vivir de las mil veces mil maneras y de una mancha negra que se extiende sobre el mapa, civilizada y democrática plaga. Humanidad inhumana, autoengullente interrogante como el de cómo entender o hacer las cosas bien ante el constante instante que va siempre por delante. Ya sabes: la insoportable levedad del ser (o del tener que querer ser “no sé qué” o yo qué sé…).

No hablo de sino desde mi vida, de la ausencia de destino, de que este asfalto no es camino y va sacando a relucir nuestras rótulas borrando sueños, borrando dudas, omitiendo heridas.

(Pero) Tengo una conclusión hasta en la confusión, hasta en la sorda ceguera de esta guerra extraña. Y es cuidar el pellejo de los detalles del espejo y del buen rollo tipicorro de esta ciudad fantasma. Tener leña preparada, llena la despensa, el aroma de algo bueno sobre el fuego, amor y respeto, y no hace falta nada más, muchacha, en el refugio de nuestras sábanas. Manener mi mente insana en un cuerpo sano. Ágil, fuerte, en la montaña, siempre (100%) vegetariano. Y disfrutar de lo que aun vive en el invierno y de lo que aun no han encontrado en el verano…

Y en selecta compañía de cómplices y amigxs regar y cuidar semillas de revuelta que, escondidas en las rendijas e imperfecciones de cada esquina, quién sabe, igual, algún día, germinan.

Volver.

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